Παρασκευή, 23 Δεκεμβρίου 2016

El Periplo

La Madre está sentada por una parte cosiendo. La hija está frente a la madre, mirándole y escuchando  su discurso.

Madre: ¿Te acuerdas de nuestra primera casa? Tu padre había trabajado como camarero durante siete años en Arabia Saudí para conseguir el dinero y construirla. Y me hace gracia porque sólo había dos cuartos enanos y un baño, pero a nosotros nos parecía algún tipo de paraíso. Pasamos veinte años allí. Esa casa se encontraba en tierra de nadie, entre el ejército y la oposición. Cada día el ejército golpeaba la puerta. “Ayudadnos u os matamos” nos decían. Y nosotras casi estábamos acostumbradas a los golpes, los gritos y las amenazas. Casi no importaban mientras tuviéramos nuestra casa y nuestra familia. Hasta que un día llegaron al restaurante donde trabajaba tu padre. Les dijeron que alimentaban al enemigo. Todos se escondieron en el sótano mientras los soldados golpearon al gerente. Pero si la oposición lograra hacerse con nuestro pueblo, nos matarían a todas. Nos acusarían de colaborar con el ejército. No había opción. Quedarnos allí no era una opción. Seguir con nuestras vidas no era una opción. Nos fuimos con nada más que la ropa que llevábamos. Ni un juego de sábanas. Ni una manta. (muestra de manera sutil la manta que está cosiendo).
Vendimos la casa para pagar el viaje. Lo vendimos todo. Llegamos a Turquía y aún faltaba encontrar el dinero para cruzar a Grecia. Habíamos oído hablar de matrimonios forzados, acoso sexual, trafficking, prostitución y violaciones, pero vivirlo era distinto. Uno de los hombres que trabajaba con el traficante me dijo que si me acostaba con él no pagaría o pagaría menos. Me negué y lo único que me importaba era mantenerte a ti y a tu hermana lejos de ese hombre. Lejos de todos los hombres a ser posible. Tu padre y tu hermano trabajaban 15 horas al día para recoger dinero para que los cinco pudiéramos pagar la embarcación. No sé cuánto tiempo pasó. No lo recuerdo. Es como si el tiempo no pasara o pasara demasiado lento y como si mi vida se hubiera parado. Casi como ahora.
El traficante metió 152 personas en el barco. Cuando lo vimos muchas de nosotras quisimos volver, pero él nos dijo que no devolvería el dinero a nadie. Habíamos pagado 1.100 dólares por persona, 5.500 por los cinco. De nuevo, no había opción. Me acuerdo de tu cara -eras la más pequeña y sin embargo la menos asustada. O al menos no lo demostrabas. Tanto el compartimento inferior del barco como la cubierta estaban llenos de gente. Pronto el agua comenzó a entrar en el barco y nos dijeron a todas que tiráramos nuestro equipaje al mar. Nos dijeron que no nos preocupáramos. En el océano golpeamos una roca, pero nos dijeron que no nos preocupáramos. El compartimento inferior, donde estábamos, comenzó a llenarse de agua, pero nos dijeron que no nos preocupáramos. Todo el mundo empezó a gritar. Fuimos las últimas en salir vivas. Tu padre nos tiró a todas por la ventana y luego saltó él. Nadamos sin parar hasta que todo estaba tan oscuro que no podíamos ver. Tú te quedaste con tu padre, te cogía la mano para ayudarte. ¿Te acuerdas? Las olas eran altas. Oí que me llamaba, pero se puso cada vez más y más lejos. Al final un barco me encontró. A tu hermano y tu hermana también.
Ojalá hubiera podido hacer más por ti. Toda tu vida fue una lucha. No has vivido muchos momentos felices durante esos nueve años. No tuviste la oportunidad de tener infancia. Y ahora existes dentro de un recuerdo doloroso y sangrante.

Deseando hablar sin tener voz.
Niña: Afónica.
Madre: Deseando caminar sin poder moverse.
Niña: Estática.
Madre: Deseando vivir fuera de un cuadro.
Niña: Metáfora.

Madre: Me duele que aquella imagen fuera mi último recuerdo tuyo. Tenías el mar en los pulmones y los ojos llenos de muerte. Y se me olvida cuál era tu juguete preferido y el color que odiabas. Y me acuerdo de tu primer día en la escuela y de tu amiga del alma. Y soy cada rincón de esta tienda y los momentos en que me quedo sola. Y soy mi velo, mi fe, mi familia viva o muerta. Soy tus nueve años que serán nueve eternamente. Soy mi nacionalidad, mi religión, mi género y mi edad. Y nunca tengo nombre -soy anónima. Soy una cifra y una estadística y refugiada e ilegal. Y no soy la que era antes y a veces no soy ser humano y a menudo no soy yo, pero soy tú. Siempre soy tú.

Coge la manta que estaba cosiendo y cubre la espalda de su hija. Se ve que la manta es como la bandera de la Unión Europea, tal vez alterada de una manera/sangrada.


Fin

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